Rosario de difuntos
ROSARIO DE DIFUNTOS
Este piadoso ejercicio se hace en consideración de las cuarenta horas que el Divino Redentor de nuestras almas estuvo en el seno de Abraham, después de su dolorosa muerte, y se formula del modo siguiente.
Hacer intención de ganar todas las indulgencias que ha concedido la Iglesia Santa a tan piadoso ejercicio, y las cuarenta Ave Marías de que consta se dividen en cuatro dieces; a cada uno se le agrega la oración del Padre nuestro, y su particular consideración, dando fin con la oración «Oh Jesús», etc. Letanías y Deus venite, etc.
V. Deus, in adjutorium meum intende.
Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Domine ad adjuvandum me festina.
Señor, date prisa en socorrerme.
V. Requiem aeternam dona eis, Domine.
Dales, Señor, el descanso eterno.
R. Et lux perpetua luceat eis.
Y brille para ellos la luz perpetua.
V. Requiescant in pace.
Descansen en paz.
R. Amen.
I.
Consideremos en este primer diez el vivísimo deseo de las benditas almas por la visita del Redentor después de su muerte, esperada por tan largo tiempo, y meditemos que las benditas almas que se hallan al presente en tan atroces llamas, esperan de nuestra piedad con igual anhelo, sufragios que sean capaces de contentarlas y hacerlas felices en la gloria. El Señor y la Santísima Virgen concedan tanta eficacia a nuestras oraciones que puedan llenar enteramente sus deseos. Amén.
Después se dirá un Padre nuestro, diez Ave Marías y un Requiem aeternam.
II.
Consideremos en este segundo diez el inefable y sorprendente gozo que experimentaron las benditas almas del Purgatorio con la presencia del Redentor, con cuya visita cesaron todas las penas que las atormentaban por tan largo tiempo; y meditemos que también podemos apagar aquellas tan ardientes llamas con sufragios, y poner fin a las penas que tan vivamente las atormentan. El Señor y la Santísima Virgen concedan tanta eficacia a nuestras oraciones que las produzcan el mismo efecto. Amén.
Un Padre nuestro, diez Ave Marías y un Requiem aeternam.
III.
Consideremos en este tercer diez el consuelo inefable que experimentaron las benditas almas del Purgatorio, viendo que aquellas horrorosas tinieblas se disiparon por virtud del Redentor, con cuya vista se hallaron inundadas de tanta luz que no les quedó rastro alguno de sus antiguas culpas; y consideremos que también podemos disipar con sufragios aquellas tinieblas, purificar aquellos espíritus de sus manchas, satisfacer sus deudas y borrar sus culpas. El Señor y la Santísima Virgen concedan tanta eficacia a nuestras oraciones que valgan a hacerlas perfectamente dignas de los ojos de Dios. Amén.
Un Padre nuestro, diez Ave Marías y un Requiem aeternam.
IV.
Consideremos en este cuarto diez la gloria inefable que inundó a las benditas almas del Purgatorio, cuando fueron sacadas de aquel abismo de dolores por el Divino Redentor, y gloriosamente conducidas al cielo en su compañía, y meditemos que con nuestros sufragios podemos librar a aquellas benditas almas de tan horrenda prisión y hacerlas felices por una eternidad en la gloria. El Señor y la Santísima Virgen concedan tanta eficacia a nuestras oraciones, que sirvan para abrir las puertas del Purgatorio, y conducir a aquellas benditas almas a los gozos del Cielo. Amén.
Un Padre nuestro, diez Ave Marías y un Requiem aeternam.
ORACIÓN
¡Oh Jesús, oh María, esperanza, salud y felicidad de todos los fieles! Desde lo profundo de sus miserias a vos se vuelven las desoladas almas del Purgatorio, e imploran el beneficio de vuestra sangre, oh Jesús; y el fruto de vuestros dolores, oh María.
Esta sangre y estos dolores que fueron tan eficaces en el Calvario, que rompieron todo lazo de iniquidad en el mundo, libren ahora de sus penas a las benditas almas del Purgatorio, y por virtud de tan preciosa sangre sean libres de tan acerbos dolores, y conducidas libres al cielo aquellas infelices prisioneras, especialmente aquellas de nuestra obligación o intención, por las que rogamos con todo el fervor de nuestro espíritu. Amén.
Letanías lauretanas.
Dios, dispensador del perdón y amante de la salvación humana, te suplicamos por tu clemencia que concedas a nuestros hermanos, parientes y benefactores de nuestra Congregación, que han salido de este mundo, llegar a participar de la felicidad eterna, por la intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María y de todos tus santos.




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